Opinión

El aprendizaje (inter)conectado en una escuela desconectada.

Profe, ¿puedo pedir una calculadora?” fue la pregunta con la que un alumno se dirigió a mí ayer minutos antes de hacer su examen. Esto es algo que nunca ha dejado de sorprenderme. Algo parecido me ocurrió en clase de Inglés cuando un estudiante debía adaptar los datos de unas gráficas obtenida tras un formulario para reflejarlas un texto. Había un dato que faltaba, pretendía que la competencia matemática apareciese en la tarea. Un alumno buscó su calculadora y obtuvo el dato que le faltaba. Desde su origen, la escuela ha ido incluyendo herramientas tecnológicas (pizarra, retroproyectores, vídeos, CDs, presentaciones…) que han ayudado a transmitir (sí, digo transmitir) los mismos contenidos de un modo distinto; contenidos que eran fijos, inalterables y cerrados. Sin embargo, dicha tecnología siempre ha tenido un enfoque o punto de vista: es el profesorado quien seguía transmitiendo los contenidos unidireccionalmente, mientras que los alumnos únicamente los recibían para ser solo recordados y comprendidos.

Y ahí nos hemos quedado: en la calculadora. Como el resto de la tecnología de entonces; limitándonos a seguir exponiendo, transmitiendo, examinando y vuelta a empezar. La escuela actual no ha sabido anticiparse a las circunstancias actuales, en las que la interconectividad y el aprendizaje en red avanzan cada vez más a pasos agigantados. Los alumnos que tenemos en las aulas demandan que hablemos su “idioma” y que les ofrezcamos aprendizajes que demuestren su saber hacer, su saber compartir, su saber reflexionar. Para ello debemos darle una vuelta de tuerca al concepto que tenemos de escuela, porque nos estamos quedando atrás en una sociedad cuyos sectores introducen la tecnología como mejora y aprovechamiento de sus servicios. En el caso de la escuela, la exigencia imperiosa de un cambio de perspectiva se hace más necesaria y visible, ya que no podemos obviar una realidad: nuestros alumnos no aprenden igual a como lo hicimos nosotros, por lo tanto, la escuela a la que acuden debe ofrecerles herramientas y entornos diferentes que les prepare para una sociedad en continuo cambio.

Los docentes hemos adoptado la tecnología para poder usarla en nuestra vida diaria ya que nos facilitan el modo en el que vivimos. Pero ese uso no transciende en la praxis docente, donde los contenidos siguen siendo ofrecidos del mismo modo, “desprofesionalizando” nuestra labor, ya que se nos muestra todo hecho; nos resta creatividad en el modo en el que nuestros alumnos aprenden, ofreciendo el mismo “producto” una y otra vez, creyendo que nos “sirve” de un curso para otro.

Debemos repensar la educación. Más bien, debemos rediseñar la educación para que camine al ritmo de una sociedad interconectada que aprende al instante, se socializa y comparte; la escuela ha dejado de ser el lugar de aprendizaje, para convertirse en un lugar de aprendizaje.